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De solo estar (1957)

12/12/2011. Rincón Literario > Poesía

Manuel J. Castilla, "De solo estar" es una prosa poética donde el personaje transcurre el tiempo y la acción en un presente durativo.

De solo estar no más, uno cuenta sus cosas

Y recuerda mañanas de verano, frescas, trinos perdidos y mucho cielo limpio. Y voces de mujeres, domesticadas voces que nombras escobas, plantas recién naciendo, helechos como tul y hormigas tenaces. Eso recuerda, pero también el musgo. Y sobre el musgo la caricia de la mano del niño y la sensación de agua arrugándose que le queda en las yemas, de piel de perro quietito. También eran así las astas de un ciervo joven, lejos, como musgo, pero de otro color; como arena blanda y con raíz. Como un pequeño y dorado viento muerto.

La sombra del helecho sobre el muro celeste le hacía acordarse del humo en los claros del sol que lamían sus manos.

Era cuando seguía de cuatro pies el camino tembloroso de las hormigas. Iban y volvían con un pedazo de hoja verde sobre el lomo. El peso y el viento las hacía tambalear enteras.

Era extraño. En la mitad del camino, como las personas se topaban de frente. Cambiaban silenciosas palabras y después cada una seguía su rumbo. A veces una breve charla parecía tener una oculta advertencia y entonces una de ellas, como si se hubiera olvidado de algo, desandaba su angosto sendero, apresurada, chocándose con las que avanzaban en la caravana, casi afligida, ciega de premura.

Todo eso se recuerda.

El tiempo, de existir, era lento como una miel dorada. Se lo notaba a ratos en esa añosa, sobre la siesta, cuando en la huerta del fondo, en medio del gran silencio, entre el leve crepitar de los insectos de los yuyarales y el zumbido insistido de los huancoiros junto a las viejas vigas del techo, caía con un ruido sordo, como un golpe de barro, algún durazno maduro.

Parecía caer sobre un o miso o sobre el mismo corazón de la tierra. Entonces uno sabía que el tiempo vivía aunque fuera por un instante. Ese golpe seco era signo de su vida y de su muerte, también. Entonces lo ojos seguían sus huellas pesadas. Por las paredes blancas caía, barroso, memorizando remotas lluvias, silenciosos flecos nocturnos y lluvias, muchas lluvias mojaban sus ropas de trapo triste.

Se le veía solo mirando largo un mismo punto, que podía ser el tronco del arrayán. Era oscuro su cuerpo y tenue. La luz, como una mano de oro, lo iba retirando de la madera. Y él cedía su lugar, callado, casi solícito. Después ya todo sus sitio estaba iluminado. Y había que bajar los ojos al suelo por donde también comenzaba su retirada, entre hojarasca quebradiza y perros que la pisaban a trechos. Así, hasta que se iba lejos, más allá de los cercos y desaparecía.

Entonces venía la noche. Pero algo del tiempo había quedado en los rincones y en la cisterna. Y uno volvía a notar su presencia, sus ruidos.

Cuando la madre pasaba con la lámpara en los últimos trajines, latía en los rincones sombrosos. Por fin se dormía cuando la madre tapaba con ceniza el ojo soñoliento y colorado del fuego. Mas, noche entrada, siempre, alguien lo despertaba con las manos del susto. Era como hurguetearle con un palo la cola en la alacena donde dormía. Buscaban huecos en los paredones donde había ollas de barro con monedas de oro y muchos colares. Pero todo era cosa de los arrieros alucinados. Ganas de encontrarle algo a la casa, de turbarle su añosa paz. Así, la casa y el tiempo, juntos, una vez despertados, les quemaban el sueño y nadie podía pegar los ojos. Por la galería grande, sobre sus baldosas de ladrillo, llegaba el otro dueño de la casa, el que la había hecho y que ya estaba bajo la tierra.

Es cierto que habían oído sus pasos tintineados de anchas bombachas negras y bigotes cayéndole sobre la boca seria. Lujosa la chaqueta y el sombrero aludo y con su caballo por guardapatio; los cascos herrados del animal sacaban chispas de las piedras medio enterradas y el jinete desensillaba. Avanzaba hasta la galería y allí paseaba sonando sus espuelas. Hasta creían salían armados de las habitaciones, los ojos abiertos al miedo. Solo la noche afuera; los grillos y los sapos latiendo. Tenían que volverse porque no hallaban nada.

-Es el tiempo- pensaban.

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